Obras Originales

Aquí encontrarás las historias que forman parte de Océano Maya. Cada proyecto incluye una muestra de lectura y un archivo descargable con información sobre la obra y su desarrollo.

Colección de Obras |

Cada obra pertenece a un universo distinto. Explora su información general, lee un fragmento de la historia y descarga su archivo para conocer más sobre el proyecto.

 

CHOLOANI

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Sinopsis

Una niña que no recuerda cómo murió emprende un viaje hacia el inframundo que cree merecer. Para descubrir la verdad sobre su muerte deberá recorrer distintos territorios acompañada por dos guías designados por los dioses, enfrentándose a criaturas, recuerdos y decisiones que pondrán a prueba aquello que cree saber de sí misma.

Sol se puso de pie de mala gana. Los miró con sospecha, pues le parecía de lo más extraño que dos tipos desconocidos intentaran llevársela a la fuerza con pretextos divinos. Si su madre algo le había enseñado bien era a no hablar con extraños y mucho menos seguirlos, especialmente si se trataba de hombres. Sin embargo, no estaba segura de que esas reglas se aplicaran de igual manera después de la muerte, ya que ahí todos eran desconocidos e ignoraba si los peligros potenciales en vida representaban algo aquí.

—Voy con ustedes, pues—dijo después de unos minutos en silencio—. Solo porque tú me caes bien—declaró, señalando a Bibani.

Alfonso y Bibani se miraron entre ellos, mostrando su conformidad con la respuesta de Sol. La invitaron a caminar con ellos a lo largo del limbo para poder hablar con más tranquilidad, alejados de esa multitud curiosa. Ambos debían entender bien las motivaciones de Sol si querían solucionar la encrucijada en la que se encontraba.

Después de un breve intercambio de palabras, les quedó claro que todo había comenzado por las altas expectativas que le generaron los ebrios que la recibieron al llegar. Ahora ella estaba determinada a tener al Tlalocan como último destino y residir en él por la eternidad. No la culpaban: los rumores sobre lo paradisiaco de ese lugar eran ciertos.

—No hay precedente de un alma que haya hecho cambiar de opinión a los dioses—dijo Alfonso—. Así que tendremos que averiguar la causa real de tu muerte para que esta situación se esclarezca.

—¿Estás segura de que moriste ahogada? — preguntó Bibani.

—… sí—respondió Sol con evidente inseguridad.

—Ay, esta escuincla—rezongó Alfonso—. Estás exigiendo algo que no estás segura de merecer.

—¡No! ¡Digo la verdad! —exclamó desesperada—. Pero… ¿cómo podría comprobar semejante cosa?

—Vamos a llamar a Yac—contestó Alfonso, decidido.

—¿Quién es ese? —preguntó Sol, intrigada.

—¡Yac es un tren! —respondió Bibani, emocionado—¡Y da un servicio excepcional! Piensa a dónde quieres ir, y él te llevará.

—Tendrás que llamarlo tú, porque a mí ya no me hace caso—expresó Alfonso, frustrado—. Debes gritar su nombre dos veces y, acto seguido, pedirle que te lleve de viaje. Pero fuerte, eh, no escucha a los tímidos.

Sol volteó a ver a Bibani nerviosa, esperando que le dijera que Alfonso estaba de broma. Pero no, él hablaba en serio. Bibani se lo confirmó con la mirada.

Tomó una gran bocanada de aire.

—¡Yaaaac! ¡Yaaaac! —gritó, mirando a su alrededor en busca de aprobación.

Bibani estaba visiblemente emocionado; empezó a mover los pies, ansioso por la llegada de Yac. Sol inhaló de nuevo y finalizó.

—¡Llévame de viaje!

El suelo comenzó a estremecerse, como si algo gigantesco despertara. Todo parecía temblar a su alrededor.

A lo lejos, apareció el tren más inmenso que Sol hubiera visto jamás. La parte frontal era una calavera colosal que alumbraba todo a su paso usando los faros que llevaba por ojos. Las decoraciones en su cráneo parecían talladas a mano, profundas y antiguas, y sus colores, opacos y desgastados, mostraban su antigüedad.

Los vagones que lo seguían lucían grandes murales prehispánicos que parecían contar una historia a medida que pasaban velozmente frente a sus ojos. Uno tras otro, cada vagón fue abriendo sus puertas con una perfecta sincronía justo al pasar frente a Sol.

Ella no parpadeó ni una vez. Estaba embelesada con el espectáculo.

—Tenemos que brincar—exclamó Alfonso—. Él nunca se detiene.

—¡¿Cómo?!—preguntó Sol, sorprendida.

—¡Si no entramos rápido se nos va a ir! —gritó Bibani, apurado—¡Pero tú tienes que entrar primero!

Sol temblaba de los nervios. Si le hubieran dicho sobre este detalle antes, lo habría pensado dos veces antes de llamarlo. El viento provocado por el paso de Yac era tan fuerte que su cabello se le venía a la cara y apenas podía mantener los ojos abiertos.

A este punto, entendía que no se trataba de una broma. Debía saltar lo antes posible. Pero incluso muerta, le seguía temiendo a la idea de hacer algo tan arriesgado.

—Oye…—dijo Alfonso, señalando con la barbilla hacia el vagón que se acercaba a toda velocidad.

La pobre niña seguía debatiéndose internamente. Su cuerpo ya estaba en posición, rodillas flexionadas, preparadas para impulsarla… pero, pasaron segundos y Sol no saltó. Parecía decidida, pero no se movía ni un centímetro.

Alfonso, harto de esperar, la sujetó con una mano por la parte trasera de la blusa. La levantó del suelo, como si no pesara nada y la lanzó con fuerza hacia el interior del tren.  Sol soltó un grito agudo por la sorpresa y el miedo que esto le ocasionó. Pero al caer dentro sana y salva, una pequeña carcajada de adrenalina se le escapó.

Se incorporó rápidamente y miró a su alrededor. Alfonso y Bibani ya se encontraban dentro del tren junto a ella.  Bibani le reclamaba fuertemente a Alfonso lo que acababa de hacer.  No podía evitar encontrar divertida esta escena. Las personalidades de sus nuevos compañeros contrastaban demasiado; mientras que Bibani estaba hecho un nudo de nervios, el otro buscaba asiento tranquilamente.

—¡Escúchame! ¡Pudiste haberla matado! —reprochó Bibani a todo pulmón.

—¿Apoco? —le respondió Alfonso sarcásticamente, mientras se acomodaba en su asiento.

—Bueno… no matado. ¡Pero fuiste muy grosero!

Alfonso giró los ojos en silencio y se volteó hacia la ventana. Esto despertó curiosidad en Sol y lo imitó rápidamente. Afuera del tren no se veía nada más que una profunda oscuridad. A veces se podían percibir siluetas extrañas por el fondo, pero era imposible distinguirlas por la alta velocidad del tren. Al volver la mirada al interior, se percató de que estaban completamente solos en ese vagón, aunque alcanzaba a ver un par de figuras más en el vagón contiguo. No quiso preguntar al respecto. Sospechaba que había respuestas que no sería capaz de entender en ese momento.

—¿A dónde vamos? —preguntó Bibani, ya más tranquilo.

Sol puso su atención en Alfonso, sin embargo, este la estaba mirando a ella, y notó que Bibani también.

—¿¡Me preguntan a mí!? —exclamó sorprendida.

—Pues sí, te dijimos que Yac se dirige a donde tú quieras—respondió Bibani, iluso—-. Tú lo llamaste, entonces debe estar siguiendo tus deseos. ¿A qué lugar deseas ir?

—Si es así… ¡Entonces vamos hacia el Tacoland! —expresó emocionada, brincando un poco de su asiento.

—No, sonsa—intercedió Alfonso—. Yac no puede llevarnos allá. Solo lleva al mundo de los vivos.

—Es verdad…—dijo Bibani, cabizbajo—. Es imposible que tenga como destino al Taco- ¡Tlalocan!

La confusión que causó en Bibani fue tan graciosa, que no pudo sentirse mal por la corrección que le acababan de hacer y rio a carcajadas. Su risa era muy aguda y chillona, estaba a punto de reemplazar a los quejidos de Bibani como el sonido más molesto en la vida de Alfonso.  Este cerró los ojos con fuerza mientras agachaba levemente la cabeza, intentando bloquearlos de esta manera.

—¿Entonces? —continuó Bibani— ¿A qué lugar llegaremos?

—Si su deseo es imposible de cumplir, no tengo idea—confesó Alfonso.

Sol agachó la mirada, cayendo en cuenta de que, muy probablemente, estaba siendo una molestia para ellos dos. Alfonso lo dejaba muy en claro, pero percibía que Bibani también estaba estresado; a pesar de esto, no formuló ninguna pregunta al respecto. Sabía que los adultos solían mentir cuando se les cuestionaban este tipo de cosas y creían que podían ocultar fácilmente la verdad a los niños. Por eso prefería fingir que no se percataba de nada.

En ese momento, comenzó a entrar una luz resplandeciente por las amplias ventanas del vagón. Al asomarse, Sol vio que el tren ahora avanzaba más despacio y por fin pudieron distinguir un panorama natural al otro lado del vidrio.

—¿Y ahora dónde estamos? —preguntó, desconcertada.

Bibani y Alfonso también estaban mirando hacia afuera, atentos al paisaje; se voltearon a ver uno al otro con una clara expresión de ingenuidad.

—Puede que sea algún lugar enterrado en tus recuerdos—dijo Alfonso, con un tono más suave del que había usado hasta ahora. Aún no despegaba la mirada del exterior.

Esto último tranquilizó un poco a Sol, fue reconfortante para ella el sentir amabilidad de su parte. Volvió a mirar por la ventana y comenzó a tener una sensación nostálgica, no obstante, no era capaz de reconocer el lugar al que estaban llegando.

—Tal vez estemos cerca de tu casa—dijo Bibani—. Esto nos será útil para descubrir el motivo de tu muerte y quizás lograr que entres al Tlalocan como deseas.

—Puede que si conozca este lugar, pero el tren no se detiene para que pueda bajar a ver—respondió Sol.

—Nadie se refiere a Yac como “el tren” — la corrigió Bibani—. Él es un ser vivo. ¡Incluso puede hablar!

—¡¿De verdad?! —exclamó Sol, emocionada.

—No—contestó Alfonso, regresando a su tono seco—. Es un tonto mito inventado por los desquehacerados—añadió, lanzando una mirada de reojo a Bibani.

—¡Yo sí lo creo! —reafirmó Bibani ofendido— ¡¿Tú no sientes algo realmente vivo viniendo de él?!

—¡Sí! —respondió Sol, entusiasmada por ser tomada en cuenta.

—¿Alguna vez lo has visto articular siquiera una palabra, Bibani? —preguntó Alfonso, escéptico.

—Mmm… no, no. Pero debe ser muy tímido—supuso ingenuamente.

—¿También tendremos que saltar de Yac para poder bajar? —cuestionó Sol, cambiando el tema.

—¿Quién haría algo tan loco? —respondió Alfonso sarcásticamente, esbozando una pícara sonrisa.

—Yac si se detiene cuando se trata de bajar pasajeros—explicó Bibani—. Si no se ha detenido, es porque aún no llegamos a nuestro destino.  Pero está disminuyendo la velocidad… pronto será el momento de bajar.

—Ya veo…—murmuró Sol—. Entonces… ¿Es posible que si pueda ir al Tlalocan si me lleva al momento de mi muerte y comprobamos la razón?

—¡Puede ser! —exclamó Bibani esperanzado—. Pero no será tan fácil, nadie puede ir al momento de su muerte, pues es cuando el alma se desconecta; tendremos que averiguarlo de manera distinta.

—¿Y si valdrá la pena todo esto? —cuestionó Alfonso—. No sabemos si el Tlalocan es en realidad el paraíso onírico que presume ser.

—¡Sí lo es! —gritó Bibani mientras le brillaban los ojos de emoción—. ¡Yo sí he estado ahí y les aseguro que es mag-nifico!

A Sol le pareció sorprendente descubrir que su nuevo amigo había estado en su destino de ensueño, pero, meditándolo un poco, le pareció lógico que los alebrijes tuvieran permisos diferentes a los de los muertos.

—¡¿Entonces conoces a Tlaloc?! ¡¿Podríamos hablar directamente con él?! —preguntó frenética.

—¡Puede que sí! ¡Puede que sí! ¡Tlaloc me ADORA! —contestó confiado.

—Mentira—refutó Alfonso inmediatamente.

—¡Ay, está bien! ¡Me odia! —reconoció dramáticamente.

—¡¿Por qué?! —reaccionó Sol. Si eso era verdad, el camino más rápido al Tlalocan ya no era una opción.

—Bueno… —continuó Bibani—. No me odia, odia, así de odiar con mucho odio y desprecio… pero no creo que quiera dirigirnos la palabra.

—¿Nos? —preguntó Alfonso—. ¿Y nosotros qué culpa tenemos?

—Ninguna, pero a partir de hoy, su nombre está relacionado conmigo— respondió Bibani con un tono burlón mientras sonreía.

—¿Y qué hiciste para que…? —intentó formular Sol—. ¡Ay, miren! ¡Una bola de fuego! —se distrajo mientras miraba emocionada por la ventana.

En ese momento, Yac finalmente se detuvo. Afuera se podía ver un gran paraje seco al anochecer, y al fondo, una bola de fuego azul flotante. Los tres se levantaron de sus asientos y se acercaron a la puerta, esperando que esta se abriera.

—Puedo decir que yo no conozco de nada este lugar —aseveró Sol.

Alfonso y Bibani se miraron confundidos, tratando de adivinar en qué lugar se encontraban.

LOS HIJOS DE MISO

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Sinopsis

Ocultos bajo tierra desde su nacimiento, un grupo de niños marcados por una extraña maldición vive aislado del mundo y condenado al rechazo. Lo que comenzó como un intento por contenerlos pronto se convierte en una historia de horror, sufrimiento y venganza donde la verdadera monstruosidad podría no pertenecer a quienes fueron encerrados.

El día de mi nacimiento, la partera que me recibió murió al instante. Se derritió en un mar de sangre frente a los presentes, atónitos. Fui rechazado por todos, excepto por mi madre. Que al intentar tomarme en sus brazos con las pocas fuerzas que tenía, sufrió el mismo destino que la primera mujer.

Es increíble, pero lo recuerdo. Recuerdo toda mi vida desde mi alumbramiento.

Condenado a ser encerrado en una prisión subterránea, crecí junto a otros niños iguales a mí. Nos cuidaban mujeres cubiertas de pies a cabeza con ropas de cuero. Nunca hablé con ellas, pero supuse que también estaban pagando un tipo de castigo. A veces las escuchábamos hablar entre ellas. No nos enseñaban el arte de la lengua, pero siempre nos llamaban de la misma manera: hijos del odio. Entendí su significado. No sabía si ese término tenía historia más allá de nuestro tacto maldito, pero lo entendí.

Era relativamente común que pasáramos días sin comer. Bastaba que a ellas no les diera la gana de aparecer. Había unas rejas por las que llegaban los suministros y por donde ellas entraban; al otro lado siempre estaba el mismo hombre, un guardia. Parecía no tenernos miedo, ya que a veces metía uno de sus brazos entre los barrotes e intentaba tocarnos. Nosotros éramos excesivamente precavidos y nos alejábamos de él para no matarlo. Desconozco el motivo por el que seguíamos intentando proteger a nuestros verdugos.

Nunca entendí por qué no nos mataron. Habrán tenido miedo de que envenenáramos la tierra con nuestros desechos o el aire con nuestras cenizas, pues en el piso de la prisión estaban los restos de nuestros compañeros fallecidos, pudriéndose junto a nosotros.

En una de las paredes había un hueco por el que podía ver el cielo. Lo contemplaba todo el tiempo, incluso llegando a lastimar a aquellos que intentaran robarme mi lugar. Tardé en percatarme de que la mitad de ese paisaje no era cielo, sino agua. Después me enteré de que estábamos enterrados cerca de las orillas de un importante lago. Comencé a observarlo obsesivamente y me terminé dando cuenta de que el agua que yacía ahí, era el agua que caía en forma de lluvia cada tanto.

Llegó un momento en el que ruidos estruendosos comenzaron a retumbar arriba de la prisión: se les ocurrió construir un mercado sobre nosotros. Algunos suertudos, lograban llegar al subterráneo; resultamos ser la mayor atracción de los visitantes. Les gustaba burlarse de nosotros, lanzarnos basura o comida podrida. Varios incluso nos escupían u orinaban entre las rejas.

CHERRY LAVENDER

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Sinopsis

La rutina de un matrimonio lavanda comienza a tambalearse cuando dos vecinos deciden involucrarse, para bien o para mal, en su relación. Entre situaciones absurdas, enredos cotidianos y el caos de la vida laboral, la historia explora el amor, la amistad y las pequeñas complicaciones que hacen única la vida en pareja.

Cuando el elevador marcó el piso doce, Haru respiró hondo y acomodó por cuarta vez la alianza que apenas llevaba dos semanas usando.

Seguía sintiéndose rara.

No por estar casado.

Por fingir que aquello había sido idea de ambos.

Las puertas se abrieron.

—¡Llegó el recién casado!

Los aplausos estallaron desde el área de marketing antes de que pudiera esconderse detrás de la cafetera.

—¿Dónde está la esposa? —preguntó alguien.

—¿Ya decidieron quién cocina?

—¿Van a tener hijos?

Haru sonrió con la misma expresión que uno aprende cuando trabaja en atención al cliente.

—Buenos días.

—¡No cambies el tema!

A lo lejos, Aoi levantó apenas la vista desde su computadora. Compartían departamento, apellido y un contrato firmado frente al gobierno. En la oficina fingían ser una pareja enamorada.

En casa fingían ser simplemente dos personas educadas.

La única diferencia era que allá nadie los observaba.

Excepto los vecinos.

Del otro lado del edificio, una cortina volvió a cerrarse apenas unos centímetros tarde.

—Te dije que no fueras tan evidente —susurró una voz.

—No estoy siendo evidente.

—Llevas tres minutos espiándolos.

—Estoy… verificando que sean felices.

—Eso se llama espiar.

La libreta donde apuntaban absolutamente todo sobre el misterioso matrimonio seguía abierta sobre la mesa.

Observación #18:
Hoy tampoco discutieron.

Eso resultaba profundamente sospechoso.

IDENTIDAD ATÁVICA

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Sinopsis

Un grupo de jóvenes adultos descubre que todos comparten una presencia imposible: una identidad ajena que habita en su interior y parece conectarlos de formas que ninguno puede explicar. Mientras intentan comprender su origen, deberán enfrentarse a conflictos personales, vínculos inesperados y a una verdad capaz de transformar la percepción que tienen de sí mismos.

No era un reflejo.

Ya había comprobado eso.

Las personas normales parpadean al mismo tiempo que tú.

Él no.

Aparecía en cualquier superficie capaz de devolver una imagen.

Una ventana.

Una cuchara.

La pantalla apagada del celular.

Siempre unos segundos después.

Siempre observando.

Leo dejó el vaso sobre la mesa y fingió no verlo.

Funcionaba.

Al menos durante unos minutos.

—¿Otra vez? —preguntó Emilia sin levantar la vista del libro.

—¿Otra vez qué?

—Estás evitando mirar el cristal.

Leo tardó demasiado en responder.

Ella cerró el libro.

—Lo ves, ¿verdad?

El silencio respondió antes que él.

Emilia caminó hasta el espejo del pasillo.

No había nadie.

Solo ella.

Después de unos segundos, una segunda silueta apareció detrás.

No era Leo.

Tampoco era ella.

Era alguien que ninguno de los dos conocía.

La figura levantó lentamente la cabeza.

Sonrió.

Y desapareció.

—No somos los únicos.

Emilia lo dijo como quien confirma una sospecha que llevaba años evitando pronunciar.

Leo sintió el estómago hundirse.

Por primera vez comprendió que aquello que compartían no era una enfermedad.

Era una herencia.

Y alguien más había empezado a recordarla.

PRÓXIMAMENTE

ARCHIVO INVITADO

Además de mis propios proyectos, este espacio estará abierto a colaboraciones con autores y artistas que deseen compartir una muestra de su trabajo.

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